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Anais Flores Henríquez
ParticipanteA mi juicio, comprender y ejercer una verdadera conciliación entre la vida laboral, familiar y personal constituye un proceso arduo y lento. En el sistema capitalista en que vivimos, las personas trabajadoras suelen ser tratadas como un engranaje más, reducidas a una cifra dentro de una estructura que las despersonaliza. En una sociedad marcada por la modernidad líquida, tanto quienes trabajan como los propios espacios laborales son percibidos como fácilmente reemplazables. Esta lógica enajena no solo a quienes desempeñan su labor, sino también a quienes dirigen las empresas y administran el empleo. Como consecuencia, situaciones tan básicas y relevantes como solicitar un permiso para retirar a un hijo o hija del colegio, y que este se entregue sin reparos, se transforman en algo complejo, muchas veces atravesado por el temor a represalias posteriores.
Es por ello que, considero que avanzar en estas materias es fundamental, pertinente y necesario para alcanzar mayores niveles de igualdad. Sin embargo, no puede desconocerse que se trata de un proceso complejo y lento, comparable a la sensación de nadar contra la corriente. Y seguirá siendo así mientras no se asuma con claridad que no vivimos para trabajar, sino que trabajamos para vivir; lo que, en definitiva, exige una transformación profunda del sistema laboral.
Para avanzar hacia la igualdad de género en los ámbitos laborales y domésticos, es muy importante modificar la forma en que se concibe el trabajo y la manera en que este se proyecta fuera del espacio laboral. Sin embargo, ese cambio también puede comenzar en el ámbito más cotidiano e íntimo: el hogar y la distribución de las tareas domésticas.
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